| |
<
voltar
Transcrição / Newsletter da Ipa
A PSICANÁLISE NO FIM DO SÉCULO XX
A SITUAÇÃO NA FRANÇA: PERSPECTIVAS
CLÍNICAS E INSTITUCIONAIS
Elisabeth Roudinesco
En Francia, como en todas partes, la comunidad psicoanalítica
atraviesa tiempos difíciles. Esta situación parece
ser resultado de la crisis general que afecta a las sociedades industriales
avanzadas, en las que el hombre se ha convertido en una mera comodidad.
La crisis, al mismo tiempo económica y social, trae consigo
desesperanza, desilusión y el cuestionamiento a los valores
democráticos. El desempleo, la reducción en los ingresos,
la ausencia de estabilidad laboral y el deterioro de las condiciones
de trabajo, el surgimiento de las psicoterapias corporales y de
tratamientos farmacológicos más rápidos y baratos
que el psicoanálisis, han contribuido en su conjunto a la
pérdida de confianza en los métodos introducidos por
Freud.
La crisis actual, como la de los años treinta, ha sido
testigo de una gran expansión hacia la extrema derecha, una
extrema derecha fascista, populista, racista y antisemitista, que
ha mermado clientelas sociales antiguamente dominadas por la izquierda,
fuese ésta centrista, socialista o comunista. Fue dentro
de estas clientelas que el freudismo pudo establecerse exitosamente
en Francia luego de la segunda guerra mundial, especialmente a través
de las principales instituciones republicanas como las escuelas
de educación superior, universidades y centros relacionados
com la salud mental (hospitales psiquiátricos, clínicas
médico-psicológicas, etc.). Por ello,el socavamiento
de estas clientelas es uno de los peligros que deben enfrentar quienes
practican el psicoanálisis. Más aún, al tiempo
que por el lado administrativo están siendo sometidos a imperativos
económicos incompatibles con los requerimientos de largo
plazo del tratamiento freudiano, tienen que luchar no solamente
con dictados autoritarios que excluyen cualquier tipo de espíritu
de tolerancia o de humanismo sino también con situaciones
extremas de violencia y delincuencia.
Tiene, pues, razón hasta cierto punto Jacques Derrida cuando
compara en un texto reciente al psicoanálisis contemporáneo
con una medicina pasada de moda, que queda relegada al fondo de
la farmacia: "Puede ser útil en caso de emergencia o
de escasez, pero hemos avanzado bastante desde entonces". El
abandono de la valiosa doctrina nacida en Viena a fines del siglo
pasado ha estado acompañado por el resurgimiento de explicaciones
puramente organicistas y mecanicistas de los fenómenos psicológicos.
Con la psiquiatría reducida al DSM II, III y IV (es decir,
a la consulta más o menos mecánica de las diversas
partes del Manual de Diagnóstico y Estadística de
los Desórdenes Mentales) y con ciencias cognitivas que dedican
mucho más atención a la inteligencia artificial y
a la noción del hombre como máquina, hemos visto la
emergencia de todo tipo de prácticas extrañas derivadas
ya sea de la prehistoria del freudismo o de una concepción
ocultista de la mente: hipnosis, espiritismo, astrología
terapéutica, sofrología, etc. En resumen, estamos
siendo testigos de un gran resurgimiento de la medicina paralela
de diversos tipos, todos como terapias para el alma. Su denominador
común es que ofrecen la creencia o fe o por lo menos la ilusión
de cura a pacientes que son víctimas de una tecnología
médica nihilista y que están muy alejados de su próprio
sufrimiento subjetivo. El semanario francés L’Express
publicó una encuesta que mostraba que el 25% de los franceses
creen actualmente en la reencarnación y en las vidas previas,
situación que permite a los "gurú" hacer
fortunas explotando la desazón de pacientes que parecen sacados
directamente de las páginas de Morton Prince, Theodore Flournoy
o Frederick Myers.
Sin embargo, la comunidad psicoanalítica francesa todavía
es fuerte, pese a que la situación que acabamos de esbozar
la hace más frágil de lo que era hace veinte años.
Existen 5 mil psicoanalistas en Francia, divididos en alrededor
de 20 asociaciones diferentes, es decir, 86 psicoanalistas por cada
millón de habitantes. Esta es la tasa más alta del
mundo, incluso que de Argentina o Suiza. De este total, alrededor
de 800 ó 900 psicoanalistas franceses (las cifras incluyen
a los que están en entrenamiento) son miembros de dos asociaciones,
la Sociedad Psicoanalítica de París (SPP) y la Asociación
Psicoanalítica de Francia (APF), afiliadas a la Asociación
Psicoanalítica Internacional (API). La mayoría restante
pertenece a grupos y asociaciones derivadas de la antigua Escuela
Freudiana de París (EPF), fundada por Jacques Lacan en 1964
y disuelta en 1980, cuando todavía estaba vivo.
Los historiadores del movimiento psicoanalítico habitualmente
dividen en generaciones a los grupos e individuos que constituyen
la saga freudiana. La evolución del movimiento es presentada
como una suerte de árbol que traza la genealogía de
los diversos discípulos de Freud , mostrando las conexiones
entre las diferentes interpretaciones de la obra original del fundador,
el modo en que las diferentes escuelas se sucedieron unas a otras,
y la dialéctica a través de la que los conflictos
clínicos y políticos condujeron a los cismas. Existen
dos maneras de ver esta evolución. Primero, a partir de una
escala internacional que cubre a todos los miembros de la diáspora
psicoanalítica distribuidos alrededor del mundo, y segundo,
a nivel nacional, mostrando las relaciones transferenciales entre
los psicoanalistas (quién se analizó con quién),
empezando con el grupo pionero (que en algunos países está
constituido por una sola persona) que se considera introdujo la
doctrina y la práctica del psicoanálisis en determinado
país.
En Francia han habido tres generaciones. La primera es la de los
pioneros que fundaron la SPP en 1926. Tres personas jugaron en ello
un rol fundamental: Marie Bonaparte, René Laforgue y Rudolph
Loewenstein. Marie Bonaparte, por su amistad con Freud, su celebridad
y su permanente actividad como traductora y militante devota a la
causa, fue la principal organizadora del movimiento. Laforgue y
Loewenstein se convirtieron en los dos profesores principales de
la SPP que formó durante la entreguerra a la segunda generación
de psicoanalistas franceses, entre ellos quienes irían a
ser los "líderes" del movimiento después
de 1945: Daniel Lagache, Jacques Lacan, Francoise Dolto, Sacha Nacht
y Maurice Bouvet.
Luego viene la tercera generación, nacida entre 1920 y 1930,
y formada por la segunda generación. Enfrentaron dos cismas,
el primero en 1953, como consecuencia del cuestionamiento al análisis
lego, y el segundo diez años después (1963), cuando
se denegó la admisión de Lacan como profesor debido
a que se rehusaba a someterse a las normas en relación a
los análisis didácticos y al tiempo de las sesiones.
Lacan propuso muchas modificaciones a la práctica clínica
establecida. Rechazaba la idea de una sesión fija de 55 minutos,
y sugirió que sea interrumpida no en obediencia a estándares
preestablecidos sino de acuerdo al contenido del discurso del paciente.
Desde su punto de vista, para que una interpretación analítica
sea efectiva se requiere la "puntuación"o interrupción
en momentos especialmente significativos del tratamiento. Lacan
tampoco concordaba con la idea de que el análisis debía
terminar con la disolución de la transferencia. Consideraba
que el análisis dependía de una relación transferencial
que nunca terminaba. Por último, rechazaba la idea de que
existe una diferencia fundamental entre el llamado análisis
didáctico y el que se denomina como terapéutico o
personal. Creía también que el candidato en entrenamiento
debía gozar de libertad para elegir a su analista y que no
debía tener que elegirlo de entre una lista de antiguos practicantes
autorizados.
El segundo cisma, mucho más serio que el primero, fue dramático,
tanto para el propio Lacan, quien nunca había contemplado
el abandono de la tradición freudiana oficial, como para
la tercera generación de psicoanalistas franceses. Los miembros
más brillantes de esa generación habían sido
analizados por Lacan, y súbitamente él y ellos se
encontraron a sí mismos en bandos distintos. En un lado del
campo estaban los miembros de la APF, afiliada a la API en 1965.
En el otro, los miembros de la EPF quienes, aunque desautorizados
definitivamente por las instituciones oficiales del freudismo, se
consideraban a sí mismos en realidad mucho más freudianos
que sus contrapartes y rivales de la API.
A diferencia de sus colegas americanos y británicos, los
miembros de la tercera generación de psicoanalistas franceses
que pertenecían a la API nunca formaron una escuela homogénea.
Es esta la razón por la que las principales corrientes del
freudismo internacional -la Psicología del Yo, el kleinismo,
el anafreudismo, la Psicología del Self de Heinz Kohut y
las teorías poskleinianas de Wilfred Ruprecht Bion- nunca
llegaron a establecerse en Francia.
Fue el lacanismo el que polarizó por sí solo el campo
del psicoanálisis francés durante más de 30
años. De un lado estaban los no-lacanianos (llamados también
"freudianos ortodoxos") y de otro, los lacanianos. Por
supuesto, ambos lados se consideraban "freudianos". Esta
polarización fue enfatizada por la presencia de Francoise
Dolto en las filas de la EFP. Dolto, que poseía un extraordinario
talento clínico, fue la fundadora del psicoanálisis
de niños en Francia y ocupó una posición
paralela a la de Melanie Klein en la escuela británica,
si bien sus ideas eran más próximas a las de Anna
Freud. Pero también en 1953 se negó la admisión
de Dolto a la API, si bien las razones esgrimidas en su caso fueron
muy diferentes a aquellas invocadas contra Lacan. Dolto fue criticada
no por "sesiones breves" (las suyas se adecuaban a las
normas) sino por ser demasiado carismática para ser una analista
didacta con arreglo a los estándares tradicionales. En realidad
Dolto heredó parte de la hostilidad de los líderes
de la API hacia su analista, René Laforgue, cuya técnica
y práctica era considerada como "desviada" (es
decir, demasiado cercana a la de personas como Ferenczi y Rank).
Así, hacia 1964 las enseñanzas de Dolto y Lacan,
los dos grandes maestros franceses del psicoanálisis, eran
ofrecidas fuera de la API. Esta era una situación bizarra.
Imagínense lo que hubiese sucedido con la Sociedad Psicoanalítica
Británica (BPS) si las grandes controversias hubieran terminado
en una escisión y si, por ejemplo, los Independientes (Winnicott,
Bowlby, Balint) hubieran sido forzados a dejar la API y hubieran
fundado nuevas sociedades freudianas propias. La situación
e influencia de la escuela británica habría sido muy
distinta de lo que es actualmente.
Los conflictos que dividieron a la tercera generación de
psicoanalistas franceses tuvieron importantes repercusiones en las
dos generaciones siguientes, nacidas entre 1935 y 1950. Durante
15 años tuvieron que continuar las disputas narcisísticas
y dañinas de sus brillantes antecesores. Admiraban a sus
mayores por su obra y por su competencia como profesores, pero tuvieron
que mirar más allá de ellos cuando se rompieron en
pedazos alrededor de un maestro omnipresente: Jacques Lacan. Mientras
que las dos Sociedades francesas pertenecientes a la API (particularmente
la SPP) condenaban su práctica, menospreciaban sus enseñanzas
y satanizaban su persona, Lacan era idolatrado en su propia escuela
hasta niveles absurdos.
Es así que en ambos campos las dos generaciones más
jóvenes (la cuarta y la quinta) heredaron una idea maniquea
de la realidad, tanto a través de los compañeros de
aventuras de Lacan, quienes con frecuencia imitaban el estilo del
maestro, como de sus adversarios, quienes lo odiaban y caricaturizaban.
Mientras que las dos Sociedades de la API denunciaban a los lacanianos
como no-freudianos o incluso como charlatanes, los lacanianos consideraban
a sus colegas de la API como burócratas que habían
desvirtuado el psicoanálisis convirtiéndolo en una
psicología adaptativa al servicio del triunfante capitalismo.
En resumen, los partidarios de la API veían a los lacanianos
como irresponsables aprendices de brujos que realizaban sesiones
de "cinco minutos"y eran incapaces de producir una estructura
seria, ni una técnica o teoría basada en la transferencia,
mientras que los lacanianos consideraban a los partidarios de la
API como des-intelectualizados chapados a la antigua que se habían
inclinado ante el psicoanálisis americano (descripción
que pretendía ser un insulto supremo).
René Major, un profesor que pertenecía a la SPP pero
que apreciaba la cultura de Lacan y su práctica clínica,
y Serge Leclaire, un lacaniano fiel aunque también defensor
de la república freudiana, intentaron romper esta compartamentalización
a fines de la década de los 70, permitiendo a los clínicos
de las generaciones más jóvenes reunirse al margen
de sus respectivas asociaciones, cuya legitimidad empezaban a cuestionar.
Este periodo de "Confrontación" hizo posible que
los practicantes de todos los bandos criticaran la esclerotización
de sus instituciones e intercambiaran sus puntos de vista acerca
de la mejor manera de practicar el psicoanálisis. Mientras
las dos Sociedades de la API estaban resquebrajadas por conflictos
en torno al entrenamiento, la EFP atravesaba también una
seria crisis derivada del fracaso del experimento del passe.
El nombre de este procedimiento deriva del verbo francés
passe, que en general significa "pasar", pero que tiene
un sentido particular en el que un passeur es un barquero o alguien
que ayuda a los fugitivos a cruzar las fronteras, como durante la
guerra de 1939-1945. El passe fue inventado por Lacan en 1967 e
introducido en su escuela en 1969. Un analizando o passant que quería
convertirse en analista didacta tenía que presentar su historia
y la del análisis que había realizado previamente
ante algunos de sus colegas más experimentados (passeurs),
y explicar cómo estas experiencias habían hecho que
deseara ser analista. Los passeurs informan acerca de la motivación
del passant a un jurado de analistas didactas, quienes deciden si
admitir o no al candidato. El objetivo del procedimiento era reemplazar
al sistema tradicional de los analistas didactas, considerado inadecuado
para la tarea de evaluar las verdaderas capacidades del candidato,
por un examen genuino de la condición de analista didacta.
De allí la famosa fórmula que hizo correr tanta tinta:
"La autoridad del psicoanálisis reside en sí
mismo". Lacan quiso enfatizar que la transición hacia
convertirse en analista era una prueba subjetiva vinculada a la
transferencia, en la que ambos, candidato y analista, experimentaban
un estado de pérdida, castración y tal vez incluso
de melancolía.
La idea de estudiar la verdadera función del pasaje de iniciación
o transición era interesante en sí misma pero la realización
institucional del passe no llenó las expectativas. Llevó
a la EPF primero a la escisión y luego a la disolución,
luego de que un tercer cisma, en 1989, trajo consigo la partida
de muchos clínicos, entre ellos Francois Perrier y Piera
Aulagnier. Ellos fundaron un cuarto grupo analítico, la Organización
Psicoanalítica para Psicoanalistas de Habla Francesa, OPLF.
Las dos generaciones más recientes de psicoanalistas franceses
estuvieron entonces obligados a planificar su futuro en términos
de la historia pasada de quienes habían sido sus analistas.
La situación de los lacanianos ha probado ser distinta, sin
embargo, de los analistas entrenados por la API. En términos
generales, la generación más joven de lacanianos se
sienten más libres respecto de quienes les enseñaron
y entrenaron. Como resultado de la disolución de la EFP y
de la división del lacanismo en diferentes tendencias (post
o neo lacanianas), han podido crear su propios grupos y asociaciones
adquiriendo madurez política y psicoanalítica. Se
han liberado del sometimiento a sus maestros de la tercera generación
y de cualquier idea acerca de la institución ideal. No sueñan
más con el tipo de escuela imaginada por Lacan.
Las generaciones más jóvenes de analistas de la SPP
y de la APF están más afectados por las disputas y
desengaños de sus antecesores. Están más profundamente
involucrados transferencialmente con sus analistas didactas, que
siguen siendo líderes incuestionables, aferrados a sus derechos
y privilegios. Así, los miembros más jóvenes
de la SPP y de la APF están más proclives a resultar
afectados en el momento en que surge cualquier conflicto. De allí
la gran pero frecuentemente oculta violencia institucional que permean
las dos Sociedades de la API. La APF está seriamente afectada
por la gerontocracia, siendo la edad promedio de sus miembros titulares
70 años, y 60 la de sus miembros asociados. La de sus "pupilos"es
50, con pocas esperanzas de ascender en la jerarquía. Su
frustración se refleja en su desdén hacia todo tipo
de autoridad institucional.
Los lacanianos, desperdigados entre alrededor de 15 asociaciones,
están divididos tanto respecto a la práctica como
al entrenamiento. Aunque la mayor parte de grupos han conservado
el procedimiento del passe, lo han transformado en un rito de pasaje
más o menos ordinario. En cuanto al tiempo de las sesiones,
casi todos los lacanianos han adoptado definitivamente la idea de
la "puntuación". También han conservado
el principio por el cual el analizando es libre de elegir a su analista.
Pero ninguno de ellos ha reducido el tiempo de las sesiones a cinco
minutos, menos aún a un minuto. Esta práctica, adoptada
por Lacan en sus últimos cinco años de vida, hoy es
imitada sólo por un puñado de practicantes, que deben
ser descritos pura y simplemente como charlatanes. Y como tales
son marginados de la comunidad lacaniana en su conjunto. Pero existen
y se comportan como tiranos patológicos que presentan una
desastrosa imagen pública del psicoanálisis que los
medios y los anti-lacanianos explotan muy frecuentemente para descrédito
del próprio freudismo o para negar la contribución
al pensamiento freudiano.
Los lacanianos ofrecen sesiones que varían entre media hora
y 40 minutos, o más (alrededor de una hora) cuando el paciente
asiste una vez a la semana. Algunos, especialmente los de la Escuela
de la Causa Freudiana (ECF) fundada por Jacques-Alain Miller, han
reducido el tiempo de sus sesiones a 20 o incluso 15 minutos, pero
esta práctica es criticada por la mayor parte de lacanianos.
Existe una gran diferencia entre la práctica clínica
de los lacanianos freudianos y la de los freudianos que son miembros
de la API. En las dos Sociedades de la API, el tiempo de las sesiones
ha sido fijado (en teoría) en 45 o 50 minutos. Aun cuando
sus jerarquías y programas de entrenamiento se adecúan
a los estándares internacionales, existen algunas diferencias
entre las dos Sociedades de la API.
Debe admitirse que en todos los grupos psicoanalíticos existen
buenos y malos practicantes. Ninguna Sociedad psicoanalítica,
y este es un fenómeno nuevo, tiene ahora el monopolio de
la práctica clínica buena o mala. Todas están
debilitadas por los cismas, los conflictos y la esclerosis institucional,
y su prestigio ha disminuido tanto que muchos practicantes no se
preocupan ya más por postular para pertenecer a ellas. Incluso
algunos analistas pertenecen a dos grupos simultáneamente.
Francia no tiene que enfrentar la virulenta ola antifreudiana que
existe en los Estados Unidos. Ni Freud ni el psicoanálisis
están siendo atacados. Pero las escuelas de psicoanálisis
están siendo severamente criticadas y con frecuencia acusadas
de haber destruido el freudismo debido a su extremo dogmatismo y
sectarismo. Descrédito adicional ha sufrido la profesión
en su conjunto debido a que algunos psicoanalistas -generalmente
lacanianos - han publicado interpretaciones salvajes de la conducta
y vida privada de diversos políticos. Afortunadamente, estas
personas han sido desautorizadas por la comunidad freudiana en su
conjunto, sin diferencias de escuelas.
La crisis y desubicación que se observa entre los psicoanalistas
se refleja en quienes los consultan. Los pacientes de los 90'son
muy diferentes de aquellos de los primeros tiempos. Generalmente
presentan síntomas narcisísticos o depresivos y sufren
de soledad, inestabilidad y pérdida de identidad. Ya no desean
emprender tratamientos de largo plazo y se rehusan a ver a su analista
con una frecuencia lo suficientemente regular como para que el sea
efectivo. O faltan a sus sesiones o sólo concuerdan en asistir
una o dos veces a la semana. Tan pronto como ven una mejora en su
condición abandonan el tratamiento, invocando una suerte
de omnipotencia del yo. Cuando aparecen nuevos síntomas regresan
a su analista. En resumen, tratan al psicoanálisis como si
fuera una medicina. Rara es la situación analítica
clásica. Así, el modelo del "diván"
(que involucra la exploración delinconsciente, la interpretación
de los sueños y una fuerte relación transferencial)
está extinguiéndose o limitándose a casos especiales.
Para la mayoría de terapeutas jóvenes, el psicoanálisis
ya no es una ocupación a tiempo completo: ha sido complementada
o reemplazada por una variedad de psicoterapias verbales.
Pero si los pacientes ya no son los mismos, también los
psicoanalistas más jóvenes son muy distintos a sus
antecesores. Casi no existe diferencia actualmente entre los lacanianos
y los no lacanianos. Hoy en día los psicoanalistas tienen
todos un entrenamiento similar en psicología,y todos practican
otra profesión además del psicoanálisis. Sea
cual sea la escuela a la que pertenecen, tienen pocos pacientes
privados (de cuatro a diez como promedio). En su mayoría
trabajan en varias instituciones, donde emplean otras técnicas
tales como el psicodrama y la psicoterapia de grupo y de familia.
Todos pasan la mayor parte de su tiempo en servicios dirigidos a
drogadictos, prostitutas, delincuentes, etc.
El acceso a la profesión se da hoy más frecuentemente
a través de la psicología que de la medicina o la
literatura. El nivel intelectual del psicoanalista promedio es menor
de lo que solía ser. Uno se topa con frecuencia con jóvenes
terapeutas que no conocen de Freud, Klein o Winnicott más
que lo que han leído en colecciones de extractos. Esto significa
que corren el peligro de adoptar todo tipo de aproximaciones clínicas
que tienen poco que ver con el freudismo.
Pero, a pesar de estos problemas, los psicoanalistas contemporáneos
representan un resurgimiento del freudismo. Están más
cerca que sus predecesores a la deprivación social, la cual
tienen que enfrentar en su trabajo. Son más pragmáticos,
simples, humanos y más sensibles a todas las formas de sufrimiento
mental, aun cuando sean menos cultos que los psicoanalistas de generaciones
anteriores. Finalmente, son más desprejuiciados respecto
a todas las formas de terapia y menos proclives a ser aprisionados
por dogmas o sectarismos. El peligro de este proceso de apertura
es que podría llevar a una disminución en el rigor
teórico e incluso al abandono de toda referencia a un sistema
de pensamiento freudiano coherente y universalista.
Para concluir esta descripción de la situación francesa,
debo destacar la decisión de René Major de convocar
a una Reunión de Estado General del Psicoanálisis
para el año 2000, de manera que los problemas de las generaciones
más jóvenes puedan ser examinados por el movimiento
en su conjunto. Esta iniciativa reciente ha sido cálidamente
acogida, sobre todo por su carácter internacional. El objetivo
es reunir a las generaciones más jóvenes de psicoanalistas
franceses con sus contrapartes de todos los países para sentar
las bases de un freudismo para el tercer milenio.
Elisabeth Roudinesco é historiadora, psicanalista, vice-presidente
da
Sociedade Internacional de Historia da Psiquiatria e da Psicanálise,
diretora de pesquisa na Universidade Paris VII.
Transcrito do Newsletter da Ipa, Vol. 6, issue 2, 1997
|
|